miércoles, 22 de mayo de 2013

Anglo-menorquín

Vista la contribución inglesa al estiramiento del español de Canarias, es fácil deducir que lo mismo tuvo que ocurrir en las Baleares durante la conquista británica de Menorca en 1708 y sus repetidas estancias desde 1713 (tras el Tratado de Utrecht) hasta 1755 (entrada de las tropas francesas), de 1763 a 1782 (nueva entrada de franceses) y de 1798 hasta su marcha definitiva en 1808, tras el Tratado de Amiens. En total, una presencia de 75 años. Hay pocos menorquines que no vean en la ocupación inglesa un período de renacimiento económico y transformación social, El puerto de Mahón, por su protección natural, siempre ha sido atractivo para los navegantes ingleses y, sobre todo para los piratas. El Almirante Nelson fue un ilustre visitante, que, de paso, dio nombre a una marca de ginebra. Allí se construyó el Fort de Marlborough y un poblado sobre un promontorio conocido desde antiguo como Georgetown o Es Castell. Al igual que hicieron en Canarias, los ingleses levantaron edificios civiles como el Hospital de la Marina Británica y perpetuaron su memoria en lugares míticos como la denominada Finca de Sant Antoni o Golden Farm, supuesto lugar de encuentro entre el almirante Nelson y su amante Lady Hamilton. La arquitectura menorquina conserva la palabra boinder (de “bow window”), en referencia a una clase de ventana con arco típica de la isla. Fruto de la presencia naval y militar inglesa se conservan los topónimos Carrer del Bèrecs (inglés “barracks”, casernas) y Sandy Bay. Algunos son redundantes, como la casa de Miss House o Es jugador de Plé (“play”). También se ha usado ampliamente el híbrido anglo-menorquín bricbarca (del inglés “brig”, bergantín de doble mástil, y del menorquín “barca”). De la actividad portuaria y comercial se colgó en el menorquín la palabra berguin con el sentido de “trato”, en especial con una prostituta (de “bargain”, trato, contrato o trapicheo), y el término boi (de “boy”, grumete o chico de reparto). Esta palabra aparece entrelazada con otra de origen inglés en la expresión Quatre jans i un boi, con el significado de “cuatro gatos”, poca gente. La palabra jan es obvio que procede de “John”, en referencia al forastero inglés, fenómeno observado con forma parecida en Canarias y Gibraltar. Simultáneamente se ha venido utilizando el antenombre miledi (de “milady”, señora) con distintos valores semánticos, mujer fea o señora de buen aspecto. La sociedad elegante británica dio origen a la expresión sa volta des milord (“el paseo del señor”), en alusión a un itinerario burgués por lugares muy populares. La gastronomía menorquina conserva la salsa de asado con su nombre inglés de grevi (cuya ortografía estándar es gravy), los encurtidos llamados píquels, la pinxa (del inglés “pilchard”, procedente a su vez del latín “pilchardus” una clase de sardina) y, cómo no, el universal pudín (del inglés “pudding”), postre dulce o flan. Son famosos el gin, aguardiente inglés fabricado al estilo menorquín, o el gròg (de “grog”, licor inglés cuyo nombre nace del mote que se dio al almirante inglés Edward Vernon en 1740 por distribuir ron aguado). El menorquín contiene además un préstamo, séngri, procedente del español sangría (derivado de “sangre”) y reimportada a través del inglés sangaree (bebida especiada similar a la sangría española). En Menorca algunos ancianos todavía hablan de fer un trinqui, echar un trago (del inglés “drink”, beber). Algunos préstamos del inglés quedaron integrados en el lenguaje en forma de híbridos anglo-hispánicos o anglo-menorquines, según la lengua de acogida. Así, se conservan palabras como xumeca o xumèquer (por “shoemaker”, zapatero) o tornescru (por “screwdriver”, en español desatornillador). En algunos oficios se manejaban varios términos ingleses, acaso porque se importaron herramientas inexistentes hasta entonces, como puede deducirse de estèpel (inglés “staple”, grapadora, o modo de agrupar cosas por tamaño, anchura y longitud). Una palabra frecuente es bigail, con el valor de grande o alto. Ninguna de las interpretaciones que se dan sobre el posible origen de la palabra parecen exactas, siendo más probable que naciera de “big guy” (hombre alto o corpulento, tiarrón), con la consabida modificación fonética forzada por la geminación de g/g. La mayoría de los préstamos del inglés han recibido una ortografía natural con arreglo al estándar menorquín. Por ejemplo, siti (probablemente derivada de “settee”, sillón de dos plazas con respaldo), sútimbor (“setting board”, barrilete), tíquitil (de “tea kettle”, tetera) o xaquèns (de “shake hands”, darse la mano para saludar) reflejan formas de pronunciar naturalizadas. Nos sorprende encontrar la terminación –m en palabras como faitim (del inglés “fighting”, pelear), que en lugares remotos como Papúa Nueva Guinea corresponde a una verbalización del sustantivo inglés, como paitim, con el mismo significado. En Menorca se encuentra una palabra –mèrvels- emparentada con otra similar de Gibraltar - mebli - a través del inglés “marbles”. El mèrvels menorquí se refiere al juego de canicas, siendo mèrvil la canica misma. No deja de tener interés la situación sociolingüística de Menorca y de las Baleares en general, al iniciarse la normalización del catalán y despertar la resistencia de una parte de la población, que de ninguna manera admite la presencia de expresiones normativas catalanizantes por considerarlas ajenas a su identidad y uso tradicional. El caso es similar al ocurrido en la Comunidad Valenciana entre el movimiento integrador “Països Catalans” y el secesionismo valencianista o “blauero”. En ambas regiones se debate acaloradamente sobre si el balear –en sus variantes ibicenca, mallorquina y menorquina- y el valenciano son un residuo del antiguo continuo romance existente con anterioridad a la conquista de Jaume I, o bien el propio catalán de los conquistadores cristianos regionalizado a través del tiempo por los localismos. La manifiesta intolerancia del vernaculismo menorquín frente a la presión del grupo pro-catalán contrasta con la complacencia ante los anglicismos introducidos en la lengua local, de los que llegan a sentirse orgullosos. c) Anglo-llanito No es científico creer que existe un patrón universal para todas las tallas. En cuestión de lenguas tampoco hay posibilidad alguna de encontrar un paradigma común, excepto el que podamos crear en un laboratorio o se halle exclusivamente en nuestra mente. Por eso, al referirnos al inglés de Gibraltar -el idioma oficial de Gibraltar- nos referimos al inglés estándar, un dialecto inespecífico, alejado de connotaciones regionales o sociales, propio de una clase culta y alejado de las clases obreras o de los extranjeros y que, aún así, contiene rasgos lectales que lo diferencian de los demás dialectos personales. Cualquier modelo de una lengua es siempre ideal, intangible, invisible e inaudible, si bien se proyecta en forma de hablas individuales que nunca coinciden con el modelo. Cuando llegamos a Gibraltar, percibimos varias lenguas, tres de las cuales son, por orden de uso e importancia: 1) el inglés, como idioma normativo de la colonia; 2) el español de los trabajadores del Campo de Gibraltar que cruzan a diario la frontera y también el de los turistas españoles; 3) el denominado llanito, un híbrido de ambos. Hasta hace poco, el llanito era un dialecto anglo-hispánico que caminaba detrás del inglés, el idioma de prestigio, y se transmitía verbalmente, como le ocurre a la mayoría de las hablas diglósicas. Pero, desde hace unos años, también se escribe, normalmente en forma de cápsulas humorísticas que aparecen en la prensa local y en las cartas familiares. Y es que el llanito siempre ha sido y sigue siendo el idioma de la casta y de los amigos íntimos, tanto si andan por allá como si se encuentran a miles de kilómetros de distancia. El llanito traduce las emociones y los encuentros informales, interpreta y organiza la solidaridad entre iguales, especialmente desde el brutal cierre de la verja en octubre de 1969. “Hola, yanis”, escribe un emigrante. “Un saludo a toda la gente wena de Gib, donde tengo un montonazo de friends. Os veré en Agosto. ¡Enfriad la bitter!” Y otro exclama: “Afuuuuuuuu, que wapo ta ete sight e. Inger y Becky fasi la ma locaaaa aki!!! Viva la locaaaa, lo llani y la calentita!!!” Y otra escribe su email: “Esto es lo mejor. I have been living in inglaterra 27 jears y todavia soy mas llanita que la calentita!!!! Me emocione mucho cuando mi sobrina Depronska me dijo de este sight. yo he sido muy cotilla to mi vida y en UK no se estila eso.” La “calentita” es la autora o autor de una columna en un semanario local -Panorama- que durante años ha estado contando, en llanito, los chismes de “la Roca”. Esta serie ha servido de refuerzo emocional para muchos estudiantes y emigrantes gibraltareños en el extranjero. Conociendo un poco de inglés y otro poco de andaluz, se pueden entender fácilmente estos mensajes escritos con una ortografía atrevida y anormativa en una jerga híbrida que encierra todo un sistema de comunicación exclusivo de los gibraltareños, esa estirpe que se niega a ser engullida social, política, económica y culturalmente por su vecina España. Después de casi 300 años y tantas entradas y salidas de gente, bien poca sangre y menos espíritu quedan de los aborígenes. En cambio, gracias a y en virtud de la presión española sobre Gibraltar, obligando a parte de la población a emigrar en diversos momentos a Inglaterra, el Caribe y Madeira, siendo reemplazada por funcionarios y maestros ingleses, el idioma español pasó a una situación de subordinación respecto del inglés, y así sigue, aunque los llanitos no olvidan su dialecto interior. Hay que tener en cuenta la intensidad del mestizaje hispano-gibraltareño a través del matrimonio, el comercio, los medios audiovisuales (radio y televisión), la religión y, al menos por ahora, la apertura de la verja fronteriza. Se cuenta que la palabra “llanito” se aplicaba a los habitantes del “llano”, gente de Algeciras, Campamento, San Roque y Los Barrios que, durante la segunda guerra mundial, cruzaban la frontera para trabajar en Gibraltar y cuyo español impregnó todos los rincones de “la Roca”. Lo más probable es que la palabra “llanito” naciera en boca de esos trabajadores al oír a las mamás gibraltareñas llamar a sus yanitos (diminutivo españolizado de Johnny-Johnnito). Por extensión, comenzarían a denominar a todos los gibraltareños yanis (Johnnys), yanitos o llanitos. Así queda anotado por la joven investigadora Jennifer Dean en su lozano artículo “El cambio de código, like a Rock” (2001). Hay que tener en cuenta que los extranjeros, y todos los forasteros en general, siempre reciben un mote de los lugareños. Por ejemplo, los comerciantes o funcionarios ingleses que residían en Canarias en el siglo XIX recibían el nombre de chonis (nuevamente Johnny pronunciado a la española) o guiris (posiblemente derivado de git! ¡largo de aquí! en lenguaje tabernario, o bien de get it, tómalo). Por su parte, los españoles, durante la ocupación de Nápoles, Cerdeña o Sicilia por las distintas monarquías peninsulares, eran conocidos como bisoños, por la costumbre que tenían de pedir algo comenzando por la frase “Io bisogno...” ("necesito...”). En algunos puntos de Andalucía se llama a los magrebíes mojamas (de Mohammed). Y a los soldados norteamericanos en Vietnam se les llamaba charlis (del nombre propio Charlie, aunque posiblemente sea un residuo de Charley, antiguamente, guarda nocturno creado por Carlos I de Inglaterra -Charles I-, equivalente al “sereno” español). El llanito -el habla de los llanitos- no es un idioma en el sentido más estricto de la palabra, ni siquiera un pidgin, sino un subdialecto comparable al spanglish de Nueva York y con plenas funciones comunicativas. No contiene sólo expresiones procedentes del español, sino también restos de los otros idiomas locales, antiguos o modernos, como el judeo-español, el hebreo, el árabe, el maltés y el genovés, a conveniencia del momento y el estado emocional del hablante, aunque el léxico hispano-inglés se sobreimpone a los demás. Quien habla llanito no es que no sepa hacerlo adecuadamente en inglés o en español, puesto que la inmensa mayoría de gibraltareños son bidialectales, sino que lo emplean como sello de identidad. Cuando abren una conversación con desconocidos o con funcionarios de la administración gibraltareña, siempre la inician en inglés, cambiando de código a medida que se afloja la tensión del formalismo. Los españoles que visitan la colonia y quieren hablar en inglés lo tienen difícil, puesto que los yanis en seguida detectan su origen nacional y pasan a hablar en español, aunque con acento del istmo, la marisma gaditana contigua al Peñón. El desayuno o la comida principal tradicional de Gibraltar (como en otros lugares donde antiguamente no había otra cosa mejor que llevarse al estómago) ha sido un plato de cuércaro o cuécaro (expresión derivada de la marca de gachas de avena “Quaker Oats”). “My dear Cloti”, se lee en Calentita, “los del Foreign Office andan nervioso. I imaginate they will want to darnos el traste, pero van a tener que comer cuecaro porque the people know what they want.” (Panorama, 26-1-98). Los cafés ofrecen un tradicional desayuno inglés con huevos y bequi (“bacon”). El lanche (“lunch”, comida a mediodía) puede consistir en un arishu (“Irish stew”, cocido), untando la grevi (“gravy”, salsa) con un brique (“brick”, bollo de pan) y mojándolo todo con chichibía (“ginger beer”, gaseosa) o cualquier otro tipo de drinki (“drink”, bebida). A veces, cuando tienen prisa, se limitan a tomarse un pisup (“pea soup”, sopa de guisantes) y unos picles (“pickles”, encurtido, pepinillos en vinagre), y de postre un quequi (“cake”, pastel o tarta). Los fines de semana siempre hay alguien que celebra un pati (“party”, fiesta), donde se encuentra a gente muy choli (jolly, alegres). La mayoría se queda en casa viendo la televisho (“televisión”). En verano, los niños juegan en la calle a los mebli (“marbles”, canicas), mientras chupan un liquirba (“licorice bar”, regaliz). El duti de los tiche (“duty”, deber, “teachers”, profesores) es enseñar siempre en inglés, aunque muchos estudiantes hablan entre sí en llanito. El año escolar se divide en cuatro cuórtar (“quarter”, trimestre), al final de los cuales hay que pasá un examen (“pass an exam”, aprobar un examen). Hasta hace unos años, algunos maestros castigarían a sus alumnos rebeldes golpeándoles la mano con la rula (“rule”, regla). Los libros se compran en la shop (tienda) o se leen en las librerías (“library”, biblioteca). Por la ivining (“evening”, noche), si refresca, los paseantes se ponen un champa (jumper, jersey). Para ir al doctor se pide un apoinmen (“appointment”, cita) dando un ring (“giving a ring”, telefoneando). Si éste llega tarde, dará su apología (“apology”, disculpa). Los gibraltareños suelen ser muy cumplidores de sus diuti (“duty”, deberes cívicos), evitan la chitería entre compadres (“cheating”, trampas) y respetan las formas de cortesía británicas; todo el mundo dice tenkiu (“thank you”, gracias) cada vez que reciben algo de otros. Como casi todos se conocen, se saludan con un afternun (“Good afternoon!” buenas tardes). Los concesionarios de coches suelen vender modelos de segunda mano en muy buen estado, casi como brauniu (“brand new”, nuevos). Para comprarlo, antes hay que hacer una orden (“order”, pedido). Cuando gotea un grifo, se llama al plomero (“plumber”, fontanero). Los suelos de muchas casas, para aislarlos del frío, están cubiertos de alfombras y moquetas, que hay que desempolvar cuidadosamente con el júver (“hoover”, aspiradora). Las mujeres, sobre todo las mayores, mantienen ágiles los dedos de sus manos haciendo nitin (“knitting”, labor de punto) y disfrutando de una buena penshi (“pension”, pensión de jubilación). Los niños pequeños hacen su uiui en el poti (“wee wee”, pis; “potty”, orinal). Por lo que hace a la pronunciación del inglés, la -r de final de palabra o la que precede a una consonante son mudas, como en inglés estándar. Por su parte, la -s, en similar posición, a veces, al cambiar de código, se adapta a la pronunciación andaluza, eliminándose o glotalizándose, es decir, aspirándose. En palabras que comienzan por -s, como Spain, street, los llanitos incorporan una -e parásita: Espain, estreet. La ortografía es, lógicamente, asistemática. Puesto que el modo de transmisión del llanito es estrictamente verbal, el tipo de escritura que aparece en las cartas electrónicas que envían los expatriados gibraltareños a sus amigos y parientes a través del semanario Panorama, es personal, un simple reflejo de la fonología de los hablantes, lo que justifica su descuidada presentación.

Anglo-canario

Ha habido presencia inglesa e irlandesa en Canarias desde principios del siglo XVI, atraídos por el aroma y el paladar de los buenos caldos que se producían en sus viñedos y con los que ya estaba familiarizado el dramaturgo William Shakespeare – apellido célebre que algunos canarios, como algunos andaluces, pronuncian sepia -. Posteriormente, en los siglos XIX y XX, dada la posición estratégica de las islas, en la ruta de Inglaterra a África occidental, Sudáfrica y Nueva Zelanda, se establecieron compañías navieras y se hicieron obras públicas para mejorar la infraestructura comercial y portuaria, abriéndose al mismo tiempo una corriente de turistas en busca del buen clima. El número de residentes ingleses a finales del XIX era más bien simbólico, acaso un par de centenares, que ascendería a medio millar a comienzos del XX, pero su peso en la economía del archipiélago fue a más. Es destacable la capacidad británica para reproducir su propia organización social en los lugares de destino. Siendo una raza (por llamarlos de alguna manera, aunque el concepto de raza es inadecuado y acientífico) eminentemente gregaria, los ingleses pusieron en marcha en Canarias sus tradicionales recursos, fundando clubes de distintas clases para el fomento del ocio y la cultura como lazos de cohesión interna. De este modo proliferaron las agrupaciones para jugar al póquer, al golf, al críquet, al croquet, al fútbol, al tenis o a los bolos al aire libre. Abrieron hospitales, levantaron cementerios, inauguraron centros de estudios bíblicos y bibliotecas, instalaron logias masónicas, patrocinaron salas de baile, promovieron conciertos y fiestas benéficas, publicaron periódicos. Eso mismo siguen haciendo hoy a lo largo de la Costa del Sol y en las costas murcianas y alicantinas, como en Benidorm, Altea, Xàbia o Parcent. A pesar de la infiltración lingüística, y la sospecha de que se está generando un idioma de contacto conocido como pichingli canario, no es del todo cierto que éste se haya afincado. La prueba está en que la población de británicos ha crecido hasta alcanzar los 11.000 entre Tenerife y Las Palmas, pero el pichingli no ha crecido en la misma proporción. Lo inglés en Canarias debe tomarse como un modo de vida exclusivo, impermeable, y los cruces entre el español y el inglés no van más allá del plano léxico y fonológico, con grandes limitaciones cuantitativas, respetándose las respectivas estructuras sintácticas y morfémicas del inglés y el español. En cualquier caso, el rasgo esencial de todos los préstamos del inglés en el español canario es su naturalización, es decir, la adaptación o alteración fonética y morfológica de la mayoría de las palabras, hasta volverse casi irreconocibles. La palabra choni corresponde a “Johnny”, nombre inglés pronunciado a la española; la expresión San llú, burro macho procede de “Thank you very much”; cona es “corner”; chute o chut viene de “shoot” (en fútbol, golpear o tirar el balón); gol, como bien sabemos, es “goal”; quineguá o quineguar son la marca de papas inglesas “King Edward”; autodate viene de “up-to-date” (actualizado) o bien de “out of date” (pasado de fecha); quini es “”kidney” (riñón); bisté es “beef steak” (chuleta de res); piche procede de “pitch” (lanzar la bola en el juego del críquet); queque es “cake” (tarta); cambullonero es una reconversión de “come, buy on” (en referencia a la persona que antiguamente se dedicaba a la compra-venta de artículos de dudosa procedencia, acercándose a los barcos extranjeros que recalaban en los puertos para intercambiar mercancías); guanijay o guanchisle, en sentido despectivo, procede de “One John Haig” (en referencia a un extranjero); brete es “bread” (pan); tique es “ticket”; bol es “bowl” (cuenco, recipiente); chanque es “change” (cambio); guagua (muy habitual en español cubano) posiblemente naciera de “waggon” (vagón, carreta). El listado de anglo-canarismos en este supuesto pichingli contiene además los siguientes términos o expresiones actualmente en uso: arrojar (vomitar), calco de “to throw”; beterrada (remolacha) de “beetroot”; bisne (negocio redondo) de “business”; boliche (canica) posiblemente venga de “ballot” (balota, bola); boncho (fiesta, juerga) acaso sea “bunch” (grupo, p.ej. de gente); bosta (persona obesa) tal vez salga de “burst out” (reventar), al igual que emboste (atracón de comida); cáncamo (trabajillo, chapuza) seguramente se deriva de “Come! Come on!”; cuando era vivo es un calco del inglés “ When he was alive”; dar el pique (dar un plantón) puede que venga de “picket”, piquete que incita a ausentarse del trabajo, o bien de “ pick-up”, recoger a una persona que espera, aunque con significado opuesto); enralado (persona muy contenta y con ganas de juerga) debe proceder de “enrolled” (enrollado); esmoche (choque, accidente de tráfico) viene de “smashed”; estar quesudo o tener queso seguramente es una adaptación de “cheesecake” (mujeres atractivas que posan desnudas); fisco (trozo, cacho, pedazo) vendría de “a piece of”; moni es “money”; fonil viene de “funnel” (embudo, como el de un tornado); la palabra guiri se emplea en alusión al extranjero (normalmente inglés o alemán), y podría derivarse de la expresión “get it!” (¡toma!); nife (cuchillo canario) viene de “knife”; pegarse un estampido (golpearse) incluye la palabra inglesa “stomp” o “stump” (pisar fuerte haciendo ruido), pero lo más probable es que sea un anglicismo – “stampede” - que, a su vez, procede del español “estampida”; ¡Guas! (¡Cómo! ¿por qué?) vendría de “What?”; ¡sha! de “sure!” (¡seguro!); pimpe procede obviamente de “pimp” (chulo de prostitutas), aunque el significado adquirido, según Armistead (1996), es el de guía o intérprete en puerto marítimo. Finalmente, winche o güinche (molinete, polea, p. ej., para sacar un coche de un atasco) vendría de “winch”.

Gibraltar

Emilio García Gómez
 “Hola, yanis”, escribe un emigrante gibraltareño a sus colegas del Peñón. “Un saludo a toda la gente wena de Gib, donde tengo un montonazo de friends. Os veré en Agosto. ¡Enfriad la bitter!” Y otro exclama: “Afuuuuuuuu, que wapo ta ete sight e. Inger y Becky fasi la ma locaaaa aki!!! Viva la locaaaa, lo llani y la calentita!!!” Y otra escribe su “email”: “Esto es lo mejor. I have been living in inglaterra 27 jears y todavia soy mas llanita que la calentita!!!! Me emocione mucho cuando mi sobrina Depronska me dijo de este sight. yo he sido muy cotilla to mi vida y en UK no se estila eso.” La “calentita” es la autora o autor de una columna en un semanario local -Panorama- que durante años ha estado contando, en llanito, los chismes de “la Roca”. Esta serie ha servido de refuerzo emocional para muchos estudiantes y emigrantes gibraltareños en el extranjero. Conociendo un poco de inglés y otro poco de andaluz, se pueden entender fácilmente estos mensajes escritos con una ortografía atrevida, asimétrica y anormativa. Puesto que el modo de transmisión del llanito es estrictamente verbal, el tipo de escritura es personal, un simple reflejo de la fonología de los hablantes, lo que justifica su descuidada presentación. Esta jerga híbrida encierra todo un sistema de comunicación exclusivo de los gibraltareños, una estirpe que se niega a ser engullida social, política, económica y culturalmente por su vecina España. En apariencia, la impresión que se tiene de gente tan cordial es que son andaluces con bombín, pero después de casi 300 años y tantas entradas y salidas de gente, bien poca sangre y menos espíritu quedan de los aborígenes. Gracias a y en virtud de la presión española sobre Gibraltar, obligando a parte de la población a emigrar en diversos momentos a Inglaterra, el Caribe y Madeira, siendo reemplazada por funcionarios y maestros ingleses, el idioma español ha pasado a una situación de subordinación respecto del inglés, aunque los llanitos no olvidan fácilmente su dialecto interior. A pesar de la rigidez protocolaria entre Madrid y Gibraltar, es notorio el mestizaje hispano-gibraltareño gracias al matrimonio, el comercio, los medios audiovisuales (radio y televisión), la religión y, al menos por ahora, la relajación en las medidas de control de la frontera. Se cuenta que la palabra “llanito” se aplicaba a los habitantes del “llano”, gente de Algeciras, Campamento, San Roque y Los Barrios que, durante la segunda guerra mundial, cruzaban la frontera para trabajar en Gibraltar y cuyo español impregnó todos los rincones de “la Roca”. Lo más probable es que la palabra “llanito” naciera en boca de esos trabajadores al oír a las mamás gibraltareñas llamar a sus yanitos (diminutivo españolizado de Johnny-Johnnito). Por extensión, comenzarían a denominar a todos los gibraltareños yanis (Johnnys), yanitos o llanitos. Así queda anotado por la joven investigadora Jennifer Dean en su lozano artículo “El cambio de código, like a Rock” (2001). Hay que tener en cuenta que los extranjeros, y todos los forasteros en general, siempre reciben un mote de los lugareños. Por ejemplo, los comerciantes o funcionarios ingleses que residían en Canarias en el siglo XIX recibían el nombre de chonis (nuevamente Johnny pronunciado a la española) o guiris (posiblemente derivado de git! ¡largo de aquí! en lenguaje tabernario, o bien de get it, tómalo). Por su parte, los españoles, durante la ocupación de Nápoles, Cerdeña o Sicilia por las distintas monarquías peninsulares, eran conocidos como bisoños, por la costumbre que tenían de pedir algo comenzando por la frase “Io bisogno...” ("necesito...”). En algunos puntos de Andalucía se llama a los magrebíes mojamas (de Mohammed). Y a los soldados norteamericanos en Vietnam se les llamaba charlis (del nombre propio Charlie, aunque posiblemente sea un residuo de Charley, antiguamente, guarda nocturno creado por Carlos I de Inglaterra -Charles I-, equivalente al “sereno” español). Cuando se llega a Gibraltar, se perciben varias lenguas, tres de las cuales son, por orden de uso e importancia: 1) el inglés, como idioma normativo de la colonia; 2) el español de los trabajadores del Campo de Gibraltar que cruzan a diario la frontera y también el de los turistas españoles; 3) el denominado llanito, un híbrido de ambos. El llanito -el habla de los llanitos- no es un idioma en el sentido más tradicional de la palabra, ni siquiera un pidgin, sino un subdialecto comparable al pichingli anglo-canario, el anglo-menorquín nacido de la ocupación inglesa de la isla en el siglo XVII o el spanglish de Nueva York. No contiene sólo expresiones procedentes del español, sino también restos de los otros idiomas locales, antiguos o modernos, como el judeo-español, el hebreo, el árabe, el maltés y el genovés, a conveniencia del momento y el estado emocional del hablante, aunque el léxico hispano-inglés se sobreimpone a los demás. Quien habla llanito no es que no sepa hacerlo adecuadamente en inglés o en español, puesto que la inmensa mayoría de gibraltareños son bilingües y bidialectales, sino que lo emplean como sello de identidad. Cuando abren una conversación con desconocidos o con funcionarios de la administración gibraltareña, siempre la inician en inglés, cambiando de código a medida que se afloja la tensión del formalismo. Los españoles que visitan la colonia y quieren hablar en inglés lo tienen difícil, puesto que los yanis en seguida detectan su origen nacional y pasan a hablar en español, aunque con acento del istmo, la marisma gaditana contigua al Peñón. Visita de la princesa Ana a Gibraltar en el tricentenario de la colonia (Foto EFE) Hasta hace poco, el llanito era un dialecto anglo-hispánico que caminaba detrás del inglés, el idioma de prestigio, y se transmitía verbalmente, como le ocurre a la mayoría de las hablas diglósicas. Pero, desde hace unos años, también se escribe, normalmente en forma de cápsulas humorísticas que aparecen en la prensa local y en las cartas familiares. Y es que el llanito siempre ha sido y sigue siendo el idioma de la casta y de los amigos íntimos, tanto si andan por allá como si se encuentran a miles de kilómetros de distancia. El llanito traduce las emociones y los encuentros informales e interpreta y organiza la solidaridad entre iguales, especialmente desde el brutal cierre de la verja en octubre de 1969. El desayuno o la comida principal tradicional de Gibraltar (como en otros lugares donde antiguamente no había otra cosa mejor que llevarse al estómago) ha sido un plato de cuércaro o cuécaro (expresión derivada de la marca de gachas de avena “Quaker Oats”). “My dear Cloti”, se lee en “Calentita”, “los del Foreign Office andan nervioso. I imaginate they will want to darnos el traste, pero van a tener que comer cuecaro porque the people know what they want.” (Panorama, 26-1-98). Los cafés ofrecen un tradicional desayuno inglés con huevos y bequi (“bacon”). El lanche (“lunch”, comida a mediodía) puede consistir en un arishu (“Irish stew”, cocido a la irlandesa), untando la grevi (“gravy”, salsa) con un brique (“brick”, bollo de pan) y mojándolo todo con chichibía (“ginger beer”, gaseosa) o cualquier otro tipo de drinki (“drink”, bebida). A veces, cuando tienen prisa, se limitan a tomarse un pisup (“pea soup”, sopa de guisantes) y unos picles (“pickles”, encurtido, pepinillos en vinagre), y de postre un quequi (“cake”, pastel o tarta). Los fines de semana siempre habrá alguien que celebre un pati (“party”, fiesta), donde se encuentra a gente muy choli (jolly, alegre). La mayoría se quedará en casa viendo la televisho (“televisión”). En verano, los niños juegan en la calle a los mebli (“marbles”, canicas), mientras chupan un liquirba (“licorice bar”, regaliz). El duti de los tiche (“duty”, deber, “teachers”, profesores) es enseñar siempre en inglés, aunque muchos estudiantes hablan entre sí en llanito. El año escolar se divide en cuatro cuórtar (“quarter”, trimestre), al final de los cuales hay que pasá un examen (“pass an exam”, aprobar un examen). En el pasado, los maestros castigaban a sus alumnos rebeldes golpeándoles la mano con la rula (“rule”, regla). Los libros se compran en la shop (tienda) o se leen en las librerías (“library”, biblioteca). Por la ivining (“evening”, noche), si refresca, los paseantes se ponen un champa (jumper, jersey). Para ir al doctor se pide un apoinmen (“appointment”, cita) dando un ring (“giving a ring”, telefoneando). Si éste llega tarde, dará su apología (“apology”, disculpa). Los gibraltareños suelen ser muy cumplidores de sus diuti (“duty”, deberes cívicos), evitan la chitería entre compadres (“cheating”, trampas) y respetan las formas de cortesía británicas; todo el mundo dice tenkiu (“thank you”, gracias) cada vez que reciben algo de otros. Como casi todos se conocen, se saludan con un afternun (“Good afternoon!” buenas tardes). Los concesionarios de coches suelen vender modelos de segunda mano en muy buen estado, casi como brauniu (“brand new”, nuevos). Para comprar uno, antes hay que hacer una orden (“order”, pedido). Cuando gotea un grifo, se llama al plomero (“plumber”, fontanero). Los suelos de muchas casas, para aislarlos del frío, están cubiertos de alfombras y moquetas, que hay que desempolvar cuidadosamente con el júver (“hoover”, aspiradora). Las mujeres, sobre todo las mayores, mantienen ágiles los dedos de sus manos haciendo nitin (“knitting”, labor de punto) y disfrutando de una buena penshi (“pension”, pensión de jubilación). Los niños pequeños hacen su uiui en el poti (“wee wee”, pis; “potty”, orinal).

El "apitxat" de Valencia

Emilio García Gómez La palabra apitxat es un misterio por resolver. Mientras Sanchis Guarner (1930) la hacía derivar de pitjar -apretar, comprimir-, el lexicógrafo Coromines (1988) -recientemente fallecido- pensaba que se trata de una metátesis -un cruce silábico- de atxibat, el dialecto hablado en Xiva dels Serrans. Como se sabe, el apitxat -el habla de los denominados churros- se caracteriza, tomando el catalán como punto de referencia, por la pérdida de sonoridad de la consonante africada prepalatal -escrita como tj y convertida en tx-, de la palatal fricativa -escrita como j y pronunciada como x- y de la alveolar fricativa -escrita como z o como s delante de consonante y pronunciada como ss-. También la labiodental escrita como v se convierte en una bilabial africada cuando aparece entre vocales -como ocurre con la v de la palabra castellana suave- o en una oclusiva bilabial, que corresponde a la b de bastón. Al mismo tiempo se observa, tanto en el apitxat como en el valenciano en general, la conversión de la vocal central átona -la schwa-, presente en la mayoría de los dialectos catalanes (aunque no en todos), en una vocal abierta -por ejemplo una a-. No recuerdo haber visto planteada la hipótesis de la variación que se observa entre el apitxat y la variante lingüística que se habla en la actual Comunidad Valenciana como resultado de un fenómeno de reducción o simplificación. La investigación académica suele atribuír el origen de ese subdialecto a la presión del castellano durante los siglos XV y XVI en determinadas zonas más o menos fronterizas que comprenden el territorio de Segorbe, Xiva, Xeste y Tous, y no a una transformación interna del catalán. El argumento parece irreprochable, aunque en el fondo los cambios lingüísticos que se observan tanto en Valencia como en Cataluña no siempre son exógenos, merced a la influencia de las lenguas vecinas, sino que también se deben a las alteraciones que producen los propios hablantes. La convivencia entre el castellano y el catalán, y entre el catalán y el mozárabe, ha producido una serie de fenómenos de adaptación más o menos previsibles. Este hecho cae dentro de lo normal y existen casos de dialectos de reciente formación que lo atestiguan. Quienes se ven obligados, por causas instrumentales, a aprender una lengua distinta a la suya, o simplemente tienen el gusto de hacerlo, utilizan recursos similares, sea cual sea la lengua de origen; la versión inicial de su nueva lengua suele ir, por ejemplo, desprovista de los componentes más complejos y más difíciles de aprender, conocidos como marcados; normalmente se simplifica o se elimina la morfología, se recurre a la perífrasis para compensar la rigidez de los elementos periféricos o gramaticales (en lugar de aní se dirá vaig a anar), y se aprovechan los fonemas comunes a ambas lenguas (entre la s sonora del catalán casa y la s sorda de la palabra castellana casa, el hablante castellano mantendrá la s sorda y renunciará al uso de la s sonora, que no reconoce como existente en su sistema lingüístico; lo mismo hace el hablante de apitxat con la africada sonora). El principio fundamental que se oculta tras el roce lingüístico es la naturalización de la lengua adoptada, la aplicación de algunas reglas procedentes de la lengua natural al sistema lingüístico de nueva creación -vulgarmente denominadolengua aprendida-. No pretendo ofender a nadie que piense lo contrario y crea poseer datos que apoyen su hipótesis, pero tengo serias dudas de que el valenciano, que posee rasgos diferenciales respecto al catalán como los que acabo de mencionar, haya evolucionado hasta su moderna estructura independientemente de la transformación del catalán a partir de la misma variedad de latín vulgar; el código genético y la fisionomía de ambos son tan similares que hacen pensar que, finalizada la ocupación de territorios árabes por parte de los catalanes, e impuesta su lengua, como ocurrió en Mallorca, con el refuerzo añadido del habla de los colonos menorquines en el norte de Alicante tras la expulsión de los moriscos, se produjo y se mantuvo una dialectalización de la versión original -que hoy llamaríamos oficial- del catalán, a lo que contribuyeron las transformaciones sociales y económicas regionales, la intromisión del castellano en zonas lingüísticas no propias, e, indudablemente, el paso del tiempo. Hay un aspecto que conviene no olvidar a la hora de interpretar los cambios que sufren las lenguas: en un ejercicio de economía lingüística, los hablantes tienden a reordenar su inventario léxico, de forma que aquellas palabras cuya función semántica es ejercida por otras permanecen ocultas o enclaustradas, es decir, caen en desuso o bien se convierten en fósiles vivos, mientras que, por otro lado, parece probado que la oferta léxica de unas lenguas, por lejanas que estén, puede alterar la composición del vocabulario de otras lenguas mediante un trasvase cómodo y bien recibido -algo parecido a lo que ocurre entre el inglés y el resto de las lenguas occidentales-. El resultado es la esclerosis del repertorio tradicional o su ampliación con nuevos índices, lo que explica la pervivencia residual o la innovación léxica. No se puede negar que entre el catalán y el valenciano se ha producido una fractura más o menos importante, y que algunos rasgos del valenciano son enteramente desconocidos en el catalán, y viceversa, dada la evolución desemejante de las sociedades que los han hablado, aunque la estructura gramatical de ambas variantes no ha sufrido cambios catastróficos. Los dialectólogos suelen ser más escépticos y menos radicales que los propios hablantes a la hora de delimitar los confines de las lenguas respecto de sus dialectos, o de los dialectos respecto de otros dialectos vecinos. La separación entre ellos a veces no responde a impulsos lingüísticos sino políticos, como se ha podido observar tras la configuración de Inglaterra y Estados Unidos, o de Dinamarca, Suecia y Noruega, como países independientes, a pesar de que sus respectivos habitantes pasarían fácilmente la prueba, sugerida por los dialectólogos, de la mutua inteligibilidad, para confirmar que dos o más variedades lingüísticas pertenecen o no al mismo continuo. El argumento de que algunos elementos léxicos, fonéticos, fonológicos y sociolingüísticos de, por ejemplo, el danés, el noruego y el sueco, o el valenciano, el catalán y el mallorquín, son diferentes, es decir, locales, no sirve técnicamente para concluír que tienen distinto progenitor, por más que cada variante siga una ruta distinta y, dentro de unos siglos, todas ellas sean formalmente irreconocibles entre sí. Esta cuestión, tan delicada para muchos, sobre todo para los responsables de planificar la formación lingüística de la población a partir de un modelo convencional, ha inducido a los dialectólogos, tras observar la idiosincrasia de las naciones y la dificultad en analizar con mayor precisión el concepto de lengua, a definir ésta como dialecto con ejército y armada. La expresión no resuelve el problema, pero señala el grado de irracionalidad al que se puede llegar en cualquier parte del mundo cuando los políticos, y los ciudadanos por ellos enardecidos, tratan de levantar barreras que dificultan o impiden la comunicación entre los hablantes, el acercamiento de los pueblos y el mestizaje cultural.

La xíriga asturiana

Emilio García Gómez Llanes es una ciudad costera del Principado de Asturias, adornada por palacetes de indianos retornados a la patria chica y salpicada de villas adonde acudía a veranear la burguesía de principios de siglo XX y sigue haciéndolo la clase media del XXI. A un tiro de piedra se alza la formidable cordillera de los Picos de Europa, que controla los climas de los valles, las vidas, las usanzas y los bables de los paisanos. La xíriga -locución posiblemente derivada de jerga - debió nacer en este lugar con anterioridad al siglo XVIII, época en la que aparecen las primeras referencias al oficio de tejero, del que se tiene constancia en tejas fabricadas en 1713 y conservadas hasta hoy. Ello explica la presencia de algunos vocablos procedentes del castellano (Cast.) caídos actualmente en desuso, pero integrados en la xíriga (Xír.) con una morfología alterada, como Xír. tesque por Cast. aqueste; Xír. gandu (comida) por Cast. gandir (comer); Xír. aroga por Cast. agora; Xír. grillescos (calzoncillos) por Cast. gregüescos. Del catalán mitg pudo haber llegado a la xíriga la palabra michi (medio). La presencia del vasco en la xíriga es digna de destacar. Algunas palabras como gachu (mal) debieron saltar del vasco gaitz o gaixo, con el mismo significado, aunque es probable que tanto gachu como gaixo sean a su vez un préstamo del romaní gachó («el que no es Rrom») con sentido despectivo. Del vasco - idioma exótico e inasequible para mucha gente - se trajeron palabras como chacurru, perro (de txakur), asúa, fuego (de su), estañol, queso (de gazta), bate, uno (de bat), zarru, viejo (de zar), zorre, piojo (de zorri), belardas, orejas (de belarri), ureta, lluvia (de ur, agua), urdíu, cerdo (de urde), escondase, casarse (de ezkondu), ría, piedra (de harri) y perdigal, ano (de ipurdi, culo). Todas las jergas, como cualquier sistema lingüístico, contienen numerosos componentes híbridos, fruto del contacto. De los gitanos que vivían en Madrid habló el propagandista bíblico George Borrow (1842) como «valencianos que se expresan en su peculiar jerga, el romaní, entremezclada con muchas palabras y expresiones valencianas». Pero la xíriga es especial en que se ha utilizado más allá del oficio - en este caso, el de tejero - con la más que probable finalidad de ocultar el contenido del discurso a los profanos y recalcar al mismo tiempo las relaciones de solidaridad entre semejantes, la pertenencia al grupo o la subordinación al mismo. La palabra igual, en relación con los tejeros de Llanes, es relativa, puesto que la distribución de tareas siguió pautas medievales, con un amo, al que llamaban man (en el bron de Miranda de Avilés, recibía el nombre de manate, posiblemente prestado del hispano-romaní man, yo) y unos operarios de distinto rango, distintos salarios y distintos tratamientos que vivían en un régimen de semiesclavitud. «Morranchu», ordenó el amo a un aprendiz en voz de xíriga, «apara el ubíu abriciau en las tamarguinas que lo maye uzquía y los tamargos lo mayen al pez, al aparar gachu» (Pinche, pon el pan sobre las tejas para que le dé el sol y así los tejeros comerán poco al estar duro) (Muñoz, 1972). Algunos manes llegaron a comprarles el pan a los mendigos para alimentar a sus cuadrillas. La xíriga pasó a Méjico en boca de los emigrantes asturianos, como lo hizo a Estados Unidos el shelta irlandés -otra jerga críptica itinerante -, del mismo modo que viajó algo del broum de la Auvernia francesa hasta Miranda de Avilés (Asturias) y Fornela ( León), o como se aventaron los distintos lenguajes gremiales como el barbeo, la gacería, la mansolea, el picamulo, la pantoja, la tixileira y el peculiar verbo dos arginas. La morfología supuestamente cifrada de la xíriga puede atribuirse, además de a las deformaciones léxicas, a la adquisición de préstamos procedentes de lenguas alejadas del lugar, como el vasco y, con toda probabilidad, del hispano-romaní, algunos de cuyos términos fueron adoptados por los quinquis, grupos marginales de delincuentes no necesariamente gitanos. Es posible que la xíriga llamara la atención de la gente que oía hablar a los tejeros en un lenguaje un tanto raro, sobre todo en presencia de extraños. En realidad, cabe pensar que todas las lenguas o jergas desconocidas siempre han resultado sospechosas para la mayoría de la población, que les asignaba una función secreta, como en el caso del romaní. Valga la digresión, en todas las épocas y lugares ha habido lenguajes secretos o discretos -por utilizar una expresión masónica-, como el nu-shu (lenguaje privado de las mujeres en China), y jergas inventadas con distintos fines, como la que dio forma a los poemas de François Villon (1431-1474), oscuro personaje que, tras unirse a la secretísima Hermandad de la Coquille - una cuadrilla de delincuentes -, dio con sus huesos en la cárcel y a punto estuvo de morir en el patíbulo. Los diarios del influyente funcionario del almirantazgo inglés, Samuel Pepys (1633-1703), fueron escamoteados a los ojos profanos por el propio autor, que los redactó en un sistema de taquigrafía inventado por un paisano suyo, Thomas Shelton. Grandes figuras de la historiografía, como Jenofonte o Julio César, recurrieron a sistemas de escritura codificada. En la Edad Media se abandonó esta inveterada costumbre al ser relacionada con la magia y la brujería. Hablar al revés, como se hace con los palíndromos («dábale arroz a la zorra el abad», que se puede leer indistintamente de izquierda a derecha, y a la inversa) ha sido una habilidad exclusiva, al parecer, de los endemoniados. Por habla revesada se entendía en el siglo XVII español una forma de cambiar las letras de las palabras. Este fenómeno no siempre ha sido intencionado, sino que aparece esporádicamente como forma vulgar y equivocada de algunas palabras cuya pronunciación traba las lenguas de algunos hablantes, sobre todo en presencia de consonantes difíciles de combinar como -r y -l (compárese el español milagro con el catalán y francés miracle y el latín miraculum). Lo mismo ocurre en xíriga con drape (pa-dre) o drama (ma-dre), o en español vulgar pardre por padre, y Calros por Carlos. Las metátesis - inversiones de letras o de sílabas - forman parte de las distintas germanías de delincuentes, que las utilizaban a propósito para ocultar el perfil morfológico y semántico de algunas palabras y darles la máxima opacidad. Desde el siglo XIX hasta nuestros días ha habido un desarrollo parecido en Francia con el verlan (metátesis de l´envers, el revés), vinculado a las minorías marginales, grupos étnicos e inmigrantes. Para entender la xíriga conviene ir de la mano de Llano Ampudia (1921), Wagner (190) y Emilio Muñoz (1972), entre otros pioneros del estudio de las jergas asturianas. Este último ha descrito oportunamente los rasgos del habla de los tejeros de Llanes, apoyándose en estudios de Dauzat y Giraud sobre los argots y jergas francesas, así como en sus propias fuentes. Muñoz creía en el uso de la xíriga como lenguaje secreto, aunque su función críptica es bastante discutible. Por un lado, las permutaciones silábicas se producen en muchos lenguajes de comunicación trashumantes, como el de los irlandeses itinerantes; pero, por otro, los traslados de sílabas también aparecen en el lenguaje infantil como juego. Por ejemplo, el denominado pig latin (juego de palabras que -en español- consiste en añadir sílabas a una palabra a partir de una p- seguida de una vocal presente en la palabra original, como en «yopo nopo sepe napadapa», es decir, "yo no sé nada") es un capricho lingüístico, no un lenguaje. Lo más destacable de la xíriga es que nunca fue lengua materna, sino que se aprendía con el oficio. Se puede comparar a un argot del estilo del quinqui (habla de los quinquis con cruces del caló y la germanía), en el sentido de que nace en un grupo social y ocupacional estanco. Conviene aclarar que los quinquis, que tradicionalmente se han dedicado a la quincallería, de donde procede su nombre, nunca han constituido un grupo étnico como los gitanos; de hecho, la mayoría de aquéllos tiene aspecto germánico. La diferencia entre la xíriga y la germanía estriba en que el lenguaje de germanías era propio de delincuentes o de comunidades marginales, con frecuencia trashumantes, mientras que la xíriga era el medio de expresión de una profesión honesta, aunque sujeta a una jerarquización y un trato despóticos. La xíriga tampoco es (aunque lo parezca) un pidgin, puesto que no existe contacto entre dos lenguas que den nacimiento a una tercera. Los tejeros hablaban su bable local y sólo se expresaban en xíriga durante la práctica del oficio, bien en Llanes y sus alrededores o adondequiera que viajase la cuadrilla en busca de trabajo, como a Bilbao. No siendo tampoco una lengua materna, la xíriga se aprendía dentro de la profesión, nunca fuera de ella. Sin embargo, el rasgo común a todas las jergas, incluida la xiriga, es que se transmiten de generación en generación a través de la actividad profesional.
 El siguiente texto en xíriga, que se halla expuesto en "Casa Alejo" de Posada, junto a Llanes, es una sencilla (aunque, para nosotros, críptica) felicitación de Navidad:
 Llerguen para zancañeros y cortubos xida racha,
xida, xidu agún en que la maga xida exbatió
a Xodín xida racha zarra ¡xiclu ñan chupidín!
 La memoria de los abuelos de Llanes -y aún menos la de los nietos - no conserva de la xíriga más que algunas palabras sueltas. Afortunadamente, sin embargo, el viejo oficio de tejero ha dejado de ser - como tantas tradiciones mitificadas en ausencia de mejores argumentos históricos - un modelo de relación laboral del que no cabe más que avergonzarse.

cantabro



La distancia que separa a las hablas de Cantabria de su normalización es enorme, insalvable si no se mira con optimismo. En contra de algunos intentos ya realizados, normalizar no puede ser el trabajo de un erudito que recopila libros y artículos y los funde en una mixtura irreconocible, sino un trabajo colectivo que requiere disponer de muchísima materia prima de calidad. Esa materia prima no pueden ser sino estudios sobre el terreno de nuestras hablas que, realizados con el suficiente rigor filológico, puedan ser utilizadas como base de trabajo. En algunos aspectos el estado de la cuestión es lamentable: peculiaridades como el neutro de materia sólo cuenta con tratados específicos para el oriente (Laredo, Junta de Voto) y las conjugaciones solo han sido tratadas en profundidad en unos pocos estudios. El camino es enorme y por ello hay que comenzar a trabajar muy desde el principio: todavía con grabadora, bloc y lápiz para retratar lo que existe. Sin embargo, el vocabulario es un elemento de nuestras hablas que sí ha sido estudiado muchas veces por su atractivo. En ocasiones con poca rigurosidad, pero en general mostrando un material muy aprovechable. Es por ahí por donde podemos iniciar la normalización; recopilando palabreros, analizando las obras clásicas de Pereda o Llano y comenzando a crear un corpus susceptible de ser transformado en un diccionario, herramienta básica en cualquier lengua. Las palabras, al contrario que las estructuras gramaticales, son más resistentes al paso del tiempo, más duraderas y más fáciles de reconstruir. Empecemos por ahí.

martes, 21 de mayo de 2013

Pichinglis

Pichinglis es una lengua criolla hablada en la isla de Bioko , Guinea Ecuatorial . Es una rama de la lengua Krio de Sierra Leona , y fue llevado a Bioko por Krios que emigraron a la isla durante la época colonial en el siglo 19. Pichi es la lengua más hablada de la capital Malabo , junto al español , y sirve como una lengua primaria para la mayoría de los habitantes de la capital. Pichi también se utiliza como lengua principal en una serie de pueblos y ciudades a lo largo de la costa de Bioko - entre ellos Sampaca, Fiston, Basupú, Barrio las Palmas y Luba (Morgades 2004), y es hablado como lengua franca en todo Bioko. También se habla de una comunidad importante de personas originarias de Bioko en Bata , la ciudad más grande en la parte continental del país. Pichi desciende de Krio , que llegó por primera vez en Bioko, la antigua Fernando Poo, con los colonos africanos de Freetown, Sierra Leona en 1827 (Fyfe 1962: 165). No existen cifras oficiales, pero hay buenas razones para suponer que Pichi es hoy la segunda lengua africana más hablada del país seguido de cerca por Bubi . Es seguro asumir que al menos 100.000 personas de la población del país de alrededor de un millón (estimación 2007 de la ONU) utilizan Pichi regularmente como lengua primaria o secundaria. Junto a Fang, Bubi y Pichi, más de diez otras lenguas africanas son habladas por los pueblos de Guinea Ecuatorial (Gordon 2005, cf. "Guinea Ecuatorial"). Una de ellas es otra criolla, Fá d'Ambo , hablado por los habitantes de la isla de Annobón. El dominio colonial español inculcado una actitud negativa hacia las lenguas africanas en general. Pero la similitud léxica entre Pichi e Inglés y la supuesta simplificación de las estructuras inglesas que observadores europeos creían reconocer en un idioma que apenas conocen, prestó un peso adicional a las nociones racistas sobre la superioridad generalmente asumido de las lenguas europeas y sus altavoces. Como consecuencia de ello, Pichi se considera una forma empobrecida, degradada de Inglés por los administradores coloniales españoles y misioneros (cf. Zarco 1938: 5-7 para una exposición penetrante de este punto de vista). Pichi, como las otras lenguas criollas de la cuenca del Atlántico, todavía tiene que luchar con este legado difícil. A pesar de su gran importancia como lengua de la comunidad, y como nacional e internacional lingua franca, Pichi no goza de ningún reconocimiento oficial ni apoyo, está ausente del discurso público y de los medios de comunicación oficiales, y no tiene cabida en la política educativa de Guinea Ecuatorial . Pichi es un miembro de la rama africana de la familia de criollos atlánticos Ingléses. Desciende directamente del Krio. La inteligibilidad mutua dentro de la rama africana es bastante alto. Sin embargo, un obstáculo para la comunicación fluida entre los hablantes de Pichi y sus lenguas hermanas es el camino divergente de desarrollo de Pichi desde 1857. En ese año, España comenzó a aplicar activamente el gobierno colonial en Guinea Ecuatorial. A partir de entonces, Pichi fue cortado de la influencia directa de Inglés, el idioma de la que heredó la mayor parte de su léxico. Algunas de las diferencias actuales entre Pichi y sus lenguas hermanas se puede atribuir a los acontecimientos internos en Pichi. Pero sin duda, una razón igualmente importante para el desarrollo separado de Pichi es el amplio grado de contacto con el idioma español, el idioma oficial colonial y actual de Guinea Ecuatorial. El español ha dejado una profunda huella en el léxico y la gramática de Pichi. La omnipresente influencia del español en Pichi es de una parte, la consecuencia de la política lingüística. Desde el dominio colonial, español sigue siendo el único medio de instrucción en todos los niveles del sistema educativo (cf. por ejemplo, Lipski, 1991: 35-36). Hay una competencia generalizada en diferentes registros de español por hablantes Pichi en Malabo (cf. Lipski 1985, 1992). En Malabo, la adquisición de la española comienza en la primera infancia, incluso para muchos ecuatoguineanos de la clase trabajadora con baja escolaridad o no. Igualmente, la floreciente economía del petróleo de Guinea Ecuatorial ha provocado un aumento de la urbanización, la ampliación de las redes sociales multiétnicas y la propagación de Pichi como lengua materna. En tal ambiente socio-económico y en medio de una competencia general alta en la lengua española oficial, la mezcla entre Pichi y español, en lugar de ser excepcional, está consciente y articulada con confianza en la vida cotidiana.

http://webdoc.ubn.ru.nl/mono/y/yakpo_k/gramofpi.pdf